Revista de Ciencias Tecnológicas (RECIT). Volumen 5 (3): e227
2 ISSN: 2594-1925
1. Introducción
El fenómeno de la Isla de Calor Urbana se ha
definido como la diferencia térmica entre el área
urbana y sus alrededores, siendo esta una clara
manifestación del impacto de las actividades
antropogénicas y el espacio para desarrollarlas.
Se entiende que emerge como resultado de dos
procesos diferentes pero asociados entre sí. El
primero se refiere a la alteración de la cobertura
del suelo, que pasa de ser suelo natural a suelo
artificial, cuyos materiales normalmente poseen
mayor inercia térmica. De tal manera que a mayor
superficie construida, mayor es la alteración de
los parámetros climáticos que contribuyen a
regular el clima local [1].
El segundo proceso, se refiere a las actividades
antropogénicas que se desarrollan en las ciudades
asociadas, por una parte, a la generación y
consumo energético [2]. Por tanto, la
combinación de los efectos de dicho fenómeno, el
crecimiento de la población urbana y las
actividades inherentes a su desarrollo, así como la
necesidad espacial para llevarlas a cabo están
minando la seguridad de las ciudades [3].
A partir de su medición, las Islas de Calor Urbano
pueden clasificarse en dos: i) las atmosféricas
(ICUA), que se identifican a partir de la
temperatura del aire localizada entre la capa dosel
y la capa límite de la ICU; y ii) las superficiales
(ICUS), que se evalúan a partir de las
Temperaturas de Superficie Terrestre obtenidas
mediante percepción remota. Sin embargo,
aunque ambas poseen patrones espaciales
similares, las ICUA suelen manifestar una mayor
diferencia térmica durante la noche, mientras que
las ICUS lo hacen en el día [3-5].
Asimismo, la intensidad de la ICU de una ciudad
está sujeta a las métricas empíricas e indicadores
utilizados para cuantificar el fenómeno. De tal
manera que al analizar su esencia física, está
determinada por una variedad de factores que se
pueden clasificar a grandes rasgos en [6]:
Externos: incluyen la ubicación
(lat./lon.), el clima (en particular el
viento), la proximidad a los cuerpos de
agua (asociados con la circulación de la
brisa del mar o lago), vegetación, etc.
Intrínsecos: representan
características específicas de la ciudad
(por ejemplo, tamaño de la ciudad,
fracciones de la cubierta terrestre,
emisiones de calor antropogénicas, su
estructura funcional, etc.
Sin embargo, ambas están ampliamente
relacionadas a los usos de suelo y la morfología
urbana, provocando contrastes térmicos en
zonas expuestas a la radiación solar y otras al
sombreamiento generado por las edificaciones
[7].
Así, la manifestación de este fenómeno ha sido
estudiado en diversas ciudades con distintas
variaciones en cuestión de cantidad,
temporalidad, tamaño, características de suelo
(tipos de revestimiento en calles y carreteras,
materiales de construcción, tipos de laminados,
cantidad de áreas verdes y cuerpos de agua),
procesos de planeación y estructura urbana,
climatología [8-11], entre otros. Esto ha
permitido vislumbrar estrategias que
posibiliten la mejora de condiciones térmicas
dentro de las ciudades, haciendo uso de una
gran variedad de modelos numéricos diseñados
para simular los procesos clave que rigen el
intercambio de calor, humedad e impulso de la
cubierta urbana.
Así, una de las recomendaciones para estos
estudios de acuerdo T.R. Oke [12], es realizar
trabajos comparativos entre ciudades con las
mismas características haciendo referencia a la
topografía, cuerpos de agua, clima (misma
latitud, región climática y condiciones de
nubosidad), tiempo (mismos días y periodos),
e instrumentación de medición, ya que se ha
demostrado la relación existente entre el
tamaño de una aldea, pueblo o ciudad y la
magnitud de la isla de calor urbano que esta